Kolyma: The Land of Gold and Death. by Stanislaw J. Kowalski. Llibre

REDACTOR ADECAF

Stalin’s prisoners, or “lagerniks” as they were commonly called, referred to the frozen land of Kolyma as a planet, although it physically remained part of Mother Earth. This vast piece of Arctic and sub-Arctic territory, with its undefined political and geographical borders, was located in the furthest North-East corner of Siberia.

Kolyma differed from the remaining Asian land mass in so many ways that it could be considered, metaphorically at least, as an entity unto itself. The remoteness and isolation, the severity of the climate, and the harsh living conditions made this frozen hell stand apart from the rest of Siberia.

The people of the Soviet Union feared Kolyma more than any other region of the Gulag Empire. “Kolyma znaczit smert” was the common phrase whispered at the time, and translates, without loss, to “Kolyma means death.”

KOLIMA-ORO-Y-MUERTE

Llegir el llibre:

http://altermundi.free.fr/kolyma/kolyma.html

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Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la "frontera" alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado "corredor de la muerte", atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la "tierra de nadie", durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen

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