Milicianos progresistas. El País, ABC, 24-25/11/2008

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¿IMAGINAN el goce que sentiría (la monja -santa para los católicos- Maravillas) al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmmmm!- sudorosos? Eso es lo que se pregunta, textualmente, una escritora del régimen en la contraportada de un periódico que aún se pretende homologable a los productos civilizados de la prensa europea. No hace setenta años. Fue ayer. Y esa contraportada la leyeron antes de ser publicada los responsables de ese diario. Y no les pareció mal. Tampoco se molestaron cuando la misma autora dijo que todas las mañanas desayunaba con ganas de fusilar a algunos que escriben en otros periódicos. Ni les pareció mal que el historiador irlandés de la zeja, Ian Gibson, confesara su íntima obsesión por poner una bomba en la basílica del Valle de los Caídos.

El verano sangriento del 36. La Vanguardia, 11/04/2010

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“Catalunya no puede convertirse en  un charco de sangre. Catalunya no quiere llevar encima la mancha de canibalismo de los pueblos primitivos y salvajes”, proclamaba La Vanguardia, confiscada por la Generalitat, el 1 de agosto de 1936, ante la violencia revolucionaria desatada por las milicias de partidos y sindicatos tras el 18 de julio. La República empezó a perder la guerra – la batalla de la imagen exterior y el apoyo de la ciudadanía moderada- aquellos días. Los nuevos documentos hallados en un piso de Londres por el archivero Miquel Mir, informes de la FAI que no fueron entregados al archivo de Amsterdam por ser los más comprometidos con sus propietarios, aportan nueva luz sobre lo que sucedió en Barcelona desde julio de 1936 hasta mayo de 1937, cuando los estalinistas ajustaron cuentas con anarquistas y trotskistas. A la documentación del piso de Kensington-Chelsea (Diari d’un pistoler de la FAI, Destino), Mir suma los papeles que los familiares de los faístas le han facilitado.

Enviaron niños a morir. La Vanguardia, 25/07/2011

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Hace hoy 73 años comenzaba la batalla del Ebro, la más cruenta de la historia de España, con 100.000 muertos. Ahí dejarían su vida miles de jóvenes catalanes de 17 y 18 años, enviados al matadero por sus gobernantes. Entre ellos mi tío Josep, herido el día en que cumplía 18 años… Esos chavales de la denominada quinta del biberón vieron el crudo rostro de la guerra: cada año en esta fecha entrevisto a un superviviente, un tributo a tanta juventud truncada. De mosén Llauradó, uno de esos jóvenes, me admira su sereno valor y su buen humor. Su único reproche: “Los gobernantes se quedaron en Barcelona y corrieron a la frontera tras haber enviado a morir a miles de críos… ¡O todos o ninguno, ¿no?!”.

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