FRANQUISMO: PRISIONES Y PRISIONEROS. Julián Chaves Palacios

REDACTOR ADECAF

Tras el Alzamiento de julio de 19361, en las zonas controladas por los sublevados los centros de reclusión adquirieron un especial movimiento de presos, debido, por un lado, a la liberación de prisioneros políticos afines, prin-cipalmente falangistas, y, por otro, a consecuencia del encarcelamiento masivo de republicanos. Esto último provocó, ante el ingente número de presos que ingresaron en prisión y las limitadas dimensiones de las prisiones existentes, el hacinamiento de una población reclusa que no cabía en las cárceles provincia-les, ni tampoco en las de cada partido judicial o en los depósitos municipales. Un excedente de reclusos que se trató de combatir con una serie de medidas que, un primer momento, fueron canalizadas a través de la Comisión de Justicia de la Junta Técnica del Estado2. -Pero los problemas de masificación que registraban los centros de reclusión en zona insurgente iban en aumento a medida que transcurrían los primeros meses de guerra y requerían una atención especial por parte de las nuevas autoridades. Eso al menos se desprende de la publicación de medidas como la aprobada el 30 de octubre de 1936, por la que se creaba la Inspección de Presi-dios y Prisiones que estaba vinculada expresamente a la presidencia de la Junta Técnica3, y que tuvo como particularidad ser un cuerpo civil en esencia, aun-que dirigido, debido a los condicionamientos inherentes a la situación bélica,

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Envenenamiento de la memoria histórica. Ideas. Pio Moa, s/f

Ya antes de la transición comenzaron las izquierdas a remover los osarios con una turbia propaganda, y desde entonces acá no han parado un momento. Esas falsificaciones permiten a quienes se sienten herederos de aquella izquierda pasar de acusados a acusadores. La afición de las izquierdas por remover cadáveres y utilizarlos como armas arrojadizas tiene larga tradición. Desde finales del siglo XIX, cada vez que realizaban alguna acción violenta o atentado mortífero contra la vida y la convivencia de los demás, se las arreglaban para montar ingentes campañas de denuncia por la represión sufrida, en las que la mentira y la exageración han jugado siempre un papel clave. Durante la república, esa conducta fue el pan de cada día, pero después de la insurrección de octubre de 1934 adquirió un nivel realmente espectacular, y de unas consecuencias históricas decisivas que he examinado en El derrumbe de la II República.

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