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Los bombardeos genocidas de las potencias liberales sobre la población civil, las iglesias y el arte. Religión en libertad.com. 10/10/2011

MUNSTER

 http://www.religionenlibertad.com/los-bombardeos-genocidas-de-las-potencias-liberales-sobre-la-poblacion-civil-16205.htm

Manuel Morillo

10 octubre 2011

 
En el sexagésimooctavo aniversario del bombardeo de Muñiste rescato este artículo de 30Giorni que nos introduce en la realidad del genocidio liberal sobre la población civil con bombardeos indiscriminados. Corrijo, no sólo no indiscriminados sino muy discriminados, procurando destruir el patrimonio espiritual de Europa.
Es decir los edificios religiosos, que en Europa son los católicos. Atacar el armazón del alma de Occidente. Al igual que en Montecasino

Los liberales con toda su brutalidad tecnológica al servicio de su ideología política destruyeron las iglesias pero no pudieron destruir su objetivo, la Iglesia.
 
Un obispo bajo las “moral bombs”

El León de Münster, «el opositor más empedernido del nazismo», como lo definió en el 42 el New York Times, denuncia los terribles bombardeos aliados que arrasaron las ciudades alemanas. En estas páginas, las cartas que escribió el obispo a Pío XII en los años de la guerra

por Stefania Falasca

La ciudad de Münster destruida por los bombardeos de los aliados
 

En las crónicas de las ciudades alemanas bautizadas por el fuego aliado durante la Segunda Guerra Mundial sigue habiendo un día para el recuerdo.

El de Münster fue el 10 de octubre de 1943. Era domingo. A primeras horas de la tarde, bajo un límpido cielo otoñal, los fieles católicos de Münster se habían reunido ane el pórtico de la antigua catedral.

Aquel día se celebraba la maternidad de María. El altar mayor de la majestuosa catedral gótica relucía a la luz de las velas. Los canónigos de la catedral se acababan de sentar en los escaños del coro cuando comenzaron a sonar las sirenas: eran las 14.55.

«Recibimos el aviso de seguir alerta a las 22 de un sábado por la noche, durante una fiesta», escribe en el parte el mayor Ellis B. Scripture, navegante estadounidense de la 90 escuadrilla de bombarderos. «La orden de despegar llegó por teletipo. Se nos comunicó que nuestro objetivo era la entrada de la catedral de Münster. Recuerdo que me quedé estupefacto al enterarme de que, por primera vez desde el comienzo de la guerra, iba a ser la población civil el objetivo de nuestro bombardeo. Fui al coronel Gerhart y le dije que no consideraba posible seguir sus órdenes. Su reacción fue exactamente la que, según pensé luego, me habría debido esperar de un oficial de carrera y un excelente comandante. “Escuche, mayor, esto es la guerra: g-u-e-r-r-a, ¿entiende? Estamos en una batalla sin cuartel, los alemanes han matado durante años a personas inocentes en toda Europa. Nuestro deber es destrozarlos. Y lo haremos. Así que, yo estoy al frente de esta misión, y usted es mi navegante, de modo que ¡vendrá conmigo! ¿Alguna pregunta?”. “No, señor”, respondí. El tema estaba cerrado [1]

La primera bomba rompedora cayó con precisión absoluta en la bóveda del cuadrado occidental de la catedral de Münster. Desde arriba, la entrada oeste de la catedral, enmarcada por las imponentes torres románicas, era un objetivo difícil de fallar. Los supervivientes escaparon, buscando cobijo bajo las paredes de las torres. Sólidas como el firmamento, habían resistido a setecientos siglos de historia. La segunda bomba la alcanzó de lleno. Se derrumbaron como una montaña de escombros. Después siguieron las bombas incendiarias. Los edificios se encendieron como antorchas. Todo el centro histórico se convirtió en una antorcha. Varios kilómetros de vapores amarillos y densas columnas de fuego y humo negro se levantaron en el cielo. En pocos minutos, la antigua y orgullosa belleza de la ciudad episcopal de Münster se consumó en las llamas. A las 16.30 el coronel Gerhart declaró concluida la operación sobre Münster.

La impecable reconstrucción de aquel bombardeo hecha por el historiador Jörg Friedrich termina así. Friedrich añadió un detalle más a su narración. Un detalle sin comentarios. «El coronel Gerhart, sin embargo, tuvo que admitir que no todo había salido como se esperaba. La misión no había concluido completamente. “Ha habido un error”, dice en su comunicación. “La trescientos cincuenta escuadrilla de bombarderos se ha equivocado sobre Münster, se ha dirigido hacia Enschede, en Holanda. Confundiéndola con la ciudad alemana, ha descargado sobre Enschede su carga. Sorry. Lo sentimos” [2] .

El obispo Clemens August von Galen entre los escombros de la plaza de la Catedral
 

También los civiles de Münster se preguntaron si no habían sido víctimas de algún error. Por lo demás, ya había ocurrido que se les bombardeara por error. La noche del 15 de mayo de 1941 habían caído seis bombas sobre Münster. Los aviones ingleses habían atravesado el Rhin como respuesta al bombardeo alemán sobre Rotterdam; se dirigían a los dieciséis objetivos entre Colonia y Dortmund, pero acabaron desenganchando bombas sobre cualquier lugar en donde una luz indicara la presencia de humanos. Detalles.

Y como estos, muchos otros. También en los relatos de los supervivientes de aquel 10 de octubre, en los testimonios de quienes tenían grabado en los ojos el horror de los montones de cuerpos medio carbonizados, casi un cúmulo de cenizas, descuartizados, amontonados sobre los escombros de la Marienplatz, de Groitgasse… De quienes excavando entre los escombros, tratando de separar a los muertos de los vivos, se encontraron con el espectáculo sobrecogedor de los amasijos de cadáveres de mujeres y niños sofocados, quemados en los refugios. Como los descritos en las páginas abarrotadas de otros recuerdos: los de los testigos que declararon en el proceso canónico de Clemens August von Galen, el obispo de Münster.

«Cuando se oyeron las sirenas de alarma, el obispo estaba poniéndose los paramentos para bajar a la catedral. No le dio tiempo de bajar hasta el refugio antiaéreo», cuenta el canónigo Alois Schröer. «Las bombas rompedoras alcanzaron y destruyeron su residencia. Se quedó apretado contra la única pared que quedó en pie» [3] . Allí lo encontró su secretario, Heinrich Portmann: «Mientras los aviones seguían sobrevolando la ciudad, vi al reverendísimo monseñor arriba, bajo el cielo abierto entre las ruinas y el humo… estaba milagrosamente ileso. Con dificultad lo ayudé a bajar […]. Más tarde, en el refugio del Colegio Ludgerianum, le informé de la muerte de los fieles… del vicario Emmerich y de las cincuenta y nueve hermanas de la caridad de San Clemente, que habían volado todas juntas al cielo desde su convento, alcanzado por una bomba incendiaria. Por la noche me pidió que lo acompañara a la catedral. Se quedó allí, inmóvil, frente a aquellos escombros devorados por las llamas. En silencio, lloró [4]

¿No era desde aquella catedral desde donde el “León de Münster” había levantado su voz desenmascarando y condenando los aberrantes crímenes y las infamias del nazismo? ¿Desde donde se había atrevido a atacar frontalmente a Hitler? Nadie en el Tercer Reich se había atrevido a tanto. Hasta el punto de que por su atrevido e indómito valor, apenas un año antes, se había ganado las páginas de The New York Times como «el más encarnecido opositor del régimen nacionalsocialista» [5] , y sus famosas homilías incluso fueron lanzadas en el cielo de Berlín por la Royal Air Force inglesa. Furioso de odio, Hitler juró que le haría «pagar hasta el último céntimo» [6] . Sin embargo, sabía que destruirlo también habría significado renunciar a toda la Westfalia y decidió aplazarlo todo hasta el final de la guerra. Pero esto pertenecía al pasado.

La ciudad de Dresde completamente arrasada por los bombardeos de 1945
 

El 4 de noviembre de 1943 el obispo Von Galen escribe a Pío XII comunicándole la catastrófica situación en la que se encontraba la ciudad de Münster y el dolor por las víctimas del bombardeo aliado. «Junto al sufrimiento del pueblo, también la destrucción de las doscientas iglesias de la diócesis le provocaban un profundo dolor y, más que nada, la de la catedral, tanto que no llegó nunca a comprender por qué lo habían hecho los aliados» [7] , declara en el proceso el sacerdote Theodor Holling.

Lo que Hitler no había conseguido realizar lo hizo el moral bombing. Así había traducido Churchill el concepto de estrategia de la «guerra del aire justa» destinada a «redimir la moral mediante el derrumbe sistemático de la resistencia moral de los alemanes» [8] . Durante el 43 Münster fue “redimida” por 49 incursiones, a las que se añadirían otras 53 antes del final de la guerra: las más duras fueron las del 30 de septiembre y del 22 de octubre del 44. Descargaron en total 5000 bombas rompedoras y 200 mil incendiarias en una ciudad de 66.000 habitantes.

Un destino que la unió a muchas otras ciudades alemanas, en aquel deliberado “enconamiento terapéutico” en la agonía de fuego que llevó a la cancelación de todo el país­ [9] .

Münster, sin embargo, no formó parte de las ciudades privilegiadas por el Bomber Command aliado, sobre las que se pusieron a punto las sofisticadas técnicas del “Maximun use of fire”, con los efectos especiales de las “Tempestades de fuego” que provocaron su total “desertificación”: ciudades como Potsdam, Lübeck, Hamburgo, Dresden… el orgullo de Arthur Harris, el genio absoluto del moral bombing que había bautizado los éxitos de aniquilación alcanzados como «Operación Gomorra».

Y sin embargo, en Inglaterra, en cuanto el número de las víctimas de estas operaciones alcanzó las cuatro cifras, mientras la inteligencia militar planificaba el proceso de «hamburguización» de Alemania, dejó de ser comunicado a la opinión pública. Los ingleses, que habían sufrido las incursiones enemigas sobre Londres, sabían, sin embargo, cuál era el significado de las «operaciones de limpieza practicadas por el Bomber Command » [10] , y cuando se intensificó el uso estratégico de los bombardeos masivos, tuvo que intervenir el arzobispo anglicado de York, Cyril Foster Garbett, para desempolvar, una vez más, la definición agustiniana de «guerra justa», para justificar ante los ojos de la opinión pública el imponente despliegue de recursos humanos y económicos.

Pero otro autorizado miembro de la Iglesia anglicana, el obispo de Chichester, George Bell, planteó públicamente otra pregunta: «¿Quién personifica “la Alemania amante de la guerra” y quién, en cambio, es una simple víctima de la “guerra justa” que pretende poner fin a la guerra?» [11] .

Y frente a la Cámara de los Lores en gran agitación, Bell proclamó: «Los aliados no pueden comportarse como divinidades que fulminan a los enemigos desde el cielo. Un dios puede desencadenar todas las plagas que quiera porque no está sometido a las leyes, o mejor, representa a la ley. La palabra clave escrita en nuestras banderas es derecho . Nosotros, que junto con nuestros aliados somos los libertadores de Europa, hemos de poner nuestra fuerza al servicio del derecho. Y el derecho es contrario al bombardeo de las ciudades enemigas, especialmente el bombardeo nutrido». «Exijo, pues», concluyó, «que se pida explicaciones al gobierno sobre su política de bombardeo de las ciudades enemigas en este momento, sobre todo de las acciones contra los civiles, los no combatientes y los objetivos no militares y no industriales» [12] . Era el 11 de febrero de 1943.

Un año después, el 9 de febrero de 1944, en la Cámara de los Lores, Bell volvió a atacar frontalmente una práctica que cada vez era más devastadora: «Ha de haber proporción entre los medios empleados y el objetivo alcanzado. Borrar del mapa una ciudad entera cae fuera de esta proporción. La cuestión del bombardeo sin límites es de enorme relevancia para la política y la acción del gobierno. Poner al mismo nivel a los asesinos nazis y al pueblo alemán, sobre los que han llevado a cabo todo tipo de desmanes, significa difundir la barbarie» [13] . Eran las mismas y valerosas constataciones que, en la otra parte, en la Alemania devastada por el moral bombing , osó pronunciar el obispo Von Galen frente a las Fuerzas aliadas.

El general Arthur Harris

Con motivo de la primera peregrinación tras la guerra que hizo la población de Münster el 1 de julio de 1945 al santuario mariano de Telgte, Von Galen hizo públicamente una dura protesta por el comportamiento del gobierno militar aliado, que no hacía respetar los derechos del pueblo alemán. «Los fieles», atestigua Heinrich Portmann, «que hallaron entonces a su gran abogado en medio de las tribulaciones y los sufrimientos, encontraron un benéfico consuelo, pero no así los jefes de las tropas de ocupación, dado que el obispo fue llamado para que rindiera cuentas al comandante militar de Warendorf» [14] .

El encuentro está documentado por la declaración del sacerdote Federico Sühling: «El comandante Jackson le pidió al obispo aclaraciones con respecto a las palabras pronunciadas; él respondió firmemente: “Como fuerzas de ocupación tienen ustedes también deberes, y si no los cumplen actuaré exactamente igual que hice contra las injusticias y la barbarie del nacionalsocialismo”. Mencionó luego algunos puntos que le interesaban particularmente: las agresiones de obreros extranjeros, especialmente rusos y polacos, y la violencia de las tropas de ocupación contra los civiles. Refiriéndose sobre todo a los casos de violencia, el obispo se irritó sobremanera, dio un puñetazo sobre la mesa y le dijo al intérprete: “Traduzca al pie de la letra lo que acabo de decir”. Tras una larga discusión se llegó a un acuerdo, pero el obispo no cambió ni una coma de su homilía» [15] .

Precisamente en Münster, en octubre del 45, Von Galen y el obispo anglicano de Chichester se reunieron en la sede del gobierno militar en presencia del general de brigada Chadwick Bell, que se hallaba en Alemania como representante de la Iglesia anglicana, expresó su estima y plena sintonía con el obispo alemán, quien «con ardiente amor pastoral se había prodigado a la hora de proteger a su grey» y que no había tenido temor «de llamar al pan, pan, y al vino, vino defendiendo los derechos de Dios y de la dignidad humana pisoteada, también ahora que el caos y la barbarie se agudizan a causa de los atropellos, los saqueos, las violencias que comenzaron tras la entrada de las tropas aliadas» [16] .
 
El 20 de agosto de 1945 Von Galen había escrito al papa Pacelli: «Incluso los nuevos periódicos alemanes dirigidos por las fuerzas de ocupación han de publicar continuamente declaraciones con las que pretenden achacar a todo el pueblo alemán, incluso a los que nunca comulgaron con las erróneas doctrinas del nacionalsocialismo y hasta se opusieron a ellas según sus medios, una culpa colectiva y la responsabilidad por todos los crímenes cometidos por quienes ocupaban anteriormente el poder».

Luego constataba amargamente: «Parece que esta disposición de ánimo es el fundamento para justificar las campañas de rapiña y saqueo […] y la despiadada deportación de la población alemana de su patria». No se cortaba a la hora de atacar duro: «Es realmente aterrador que el nacionalismo exasperado que culmina en el culto a la raza del nacionalsocialismo domine hoy también entre los vencedores, hasta el punto de que en Potsdam se ha decidido expulsar a toda la población alemana de los territorios asignados a Polonia y a Checoslovaquia y amasarlos en los territorios occidentales…» [17] .

En la carta siguiente, del 25 de septiembre de 1945, describiéndole también al papa Pacelli «la terrible situación de los territorios ocupados», le suplicaba que interviniera con «una ayuda directa mediante protestas ante las potencias vencedoras» [18] .

El 6 de enero del 46 el obispo Von Galen escribe la última carta a Pío XII antes de llegar a Roma para recibir la birreta cardenalicia. Aquel día quiso celebrar la Epifanía en las ruinas del santuario de Telgte. Con estas palabras cerró la homilía: «Bajo el nazismo dije públicamente, y se lo escribí directamente también a Hitler en el 39, cuando ninguna potencia intervino entonces para obstaculizar sus pretensiones expansionistas: “La justicia es el fundamento del Estado; si la justicia no queda restablecida, entonces nuestro pueblo morirá de putrefacción interna”. Hoy he de decir: si los pueblos no respetan el derecho, entonces no llegará nunca la paz y la concordia entre los pueblos» [19] .

NOTAS

[1] Bomben auf Münster , preparado por el Museo cívico de Münster, Münster 1983, p. 44.
[2] Jörg Friedrich, La Germania bombardata, la popolazione tedesca sotto gli attacchi alleati 1940-1945, Milán 2004, p. 200.
[3] Positio super virtutibus beatificationis et canonizationis servi Dei Clementis Augustini von Galen, vol. II, Documenta, p. 341.
[4] Ibidem , vol. I, Summarium, p. 625.
[5] New York Times, 8 de junio de 1942; cfr. 30Días, n. 8 de 2004, págs. 44 y ss.
[6] Joachim Kuropka, Clemens August Graf von Galen. Neue Forschungen zum Leben und Wirken des Bischofs von Münster, Münster 1992, en Positio , op. cit., vol. II, Documenta, p. 1099.
[7] Positio, op. cit., vol. I, Summarium, p. 209.
[8] Sir Charles Webster y Noble Frankland, Strategic Air Offensive Against Germany, 1939-1945, Londres 1961, vol. V, p. 135.
[9] «Una prueba de fuego incesante, intensa y duradera, como nunca le había pasado hasta ahora a ningún otro país», como declaró Churchill; cfr. Dokumente deutscher Kriegsschäden, Evakuierte, Kriegsgeschädigte, Wahrungsgeschädigte. Die geschichtliche und rechtliche Entwicklung, preparado por el Bundesminister für Vertriebene, Flüchtlinge, Kriegsgeschädigte, Bonn 1962, supl. n. 2, p. 105; «Una agonía infligida que no conoció tregua y llegó hasta el final, cuando ya todos sabían que la guerra se había perdido, incluso el Führer» (Joachim Fest, La disfatta. Gli ultimi giorni di Hitler e la fine del Terzo Reich, Milán 2004, p. 12).
[10] Stephen A. Garrett, Ethics and Airpower in World War II. The British Bombing of German Cities, Nueva York 1997, p. 89-90.
[11] texto
Ibidem, p. 99.
[12] Ibidem, p. 111.
[13] Ibidem, p. 113.
[14] Positio, op. cit., vol. I, Summarium, pp. 429-430.
[15] Ibidem, pp. 47-48.
[16] Ibidem, p. 386.
[17] Carta de Clemens August von Galen a Pío XII, véase pág. 62.
[18] Peter Löffler, Bischof Clemens August Graf von Galen, Akten, Briefe und Predigten 1933-1946, vol. II, Mainz 1988, p. 1226.
[19] Positio , op. cit., vol. II, Documenta, p. 623.

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